Te sientas en casa y te acuerdas de un familiar que vive lejos, del que hace mucho que no sabes nada. De repente, suena el teléfono y resulta ser él. ¿Telepatía? ¿Alguna conexión paranormal? Para empezar, ¿cuántas veces has pensado en una persona de la que no sabías nada y no te ha llamado por teléfono? Además, llegado el caso, sería igual de sorprendente que te hubiera llamado en ese momento cualquier otra persona; por ejemplo, alguien que se haya equivocado. Pero cuando hay coincidencia, nos sentimos protagonistas de un suceso extraordinario, sin pensar que se trata de algo estadísticamente “normal”. Lo mismo ocurre con el resto de los fenómenos inexplicables. Hagamos números.
El ejemplo más llamativo es el de los sueños premonitorios. En ellos, alguien sueña algo que sucede poco después: puede ser la muerte de una persona conocida, o algún suceso futuro. Lo sorprendente sería que no sucedieran: conocemos a muchas personas a lo largo de nuestra vida, soñamos a veces con ellas y, además, somos muchos (una estimación estadística da para un país como España unos 5 sueños premonitorios cada noche, más de 1.000 al año).
La probabilidad de que algo así suceda es baja –aproximadamente, una entre 20 millones–, pero la “ley de los grandes números” permite entender que esos sucesos raros, en poblaciones tan grandes como la humana, acaban siendo relativamente frecuentes. Lo resume el escéptico Richard Dawkins en su libro Destejiendo el arco iris: “Hay tantísimos minutos en la vida de cada individuo que sería sorprendente encontrar a alguien que nunca haya experimentado una coincidencia asombrosa”. ¿Y por qué los interpretamos como algo paranormal?
El psicólogo de la Universidad de La Laguna Carlos J. Álvarez, autor del libro Los poderes mentales, ¡vaya timo!, explica que la razón de esas casualidades que percibimos como hechos significativos está en nuestro propio cerebro: “Continuamente, y de forma automática e inconsciente, nuestro sistema cognitivo se empeña en establecer conexiones entre fenómenos. La investigación psicológica así lo ha demostrado”.
También resulta de lo más normal encontrar una cara en un dibujo, en una nube, o en una pared con manchas de humedad. Los psicólogos denominan a ese fenómeno pareidolia y es el que hace que veamos la cara de la Virgen María en un sándwich de queso, o que durante años se conservara un bollo de canela con un parecido asombroso con la Madre Teresa (el famoso bollo monja). En nuestro país, la “catedral” de estos fenómenos está en Bélmez de la Moraleda (Jaén), donde se ha visto, entre otros muchos retratos, uno del mismísimo Francisco Franco.
Una neurocientífica de la Universidad de Bremen, Alemania, partió de la hipótesis de que los humanos procesamos rostros de manera distinta de cómo reconocemos otros objetos. “Algunos pacientes con una lesión cerebral eran capaces de identificar todo lo que les rodeaba salvo las caras, lo que nos hizo pensar que había una zona específica de nuestro cerebro dedicada a reconocer exclusivamente rostros”. Y así fue. Sus experimentos con resonancia magnética funcional encontraron que regiones cerebrales que usamos específicamente cuando tenemos una cara delante también se activan en respuesta a objetos que no tienen una forma definida y que, “atando cabos”, acaban pareciendo un rostro. Así, es de lo más común ver rostros, pero también lo es “oír voces inexplicables” y, más allá aún, divisar un ovni una de esas noches de insomnio.
Resulta que una de cada 25 personas suele “oír” regularmente voces en la cabeza, según revela un estudio llevado a cabo en la Universidad de Manchester, Inglaterra. Los expertos encontraron que si una persona está tratando de superar un trauma, o tiene la autoestima baja, o ve a los demás como seres agresivos, es más fácil que interprete sus voces “interiores” como hostiles y perjudiciales. Por el contrario, si se trata de alguien que ha tenido experiencias positivas en la vida y se ha formado creencias más sanas sobre sí misma y los demás, probablemente tendrá una visión más positiva de esas voces extrañas.
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